18 may. 2012

Las historias que se aprenden caminando por los pasos de cebra


Llevaba un vestido rosa estampado de seda de los años sesenta y en los pies unos náuticos azul marino de cordones blancos, bajo el brazo un libro por leer.

Aquella chica que se le cruzó vestía vaquero de talle alto, camiseta de rallas anchas, celestes y blancas, metida por dentro y unas Vans un tanto desgastadas.

Como aquella de pantalones cortos y camisa de cuadros de colores. Un collar de anillas dorado con pequeñas perlas que colgaban de cada uno de sus aros. Un largo bolso rojo de piel un tanto desgastada. Sus piernas aun poco bronceadas acababan en unas bailarinas de encaje blanco. Era su cumpleaños. 

Los collares pasaron a mejor vida y se quedaron en el cajón de los jerseys. Pero ella aprendiendo a hacer ganchillo llevaba medias de topitos negros que pegaban con su minifalda, como si de lunares estuvieran cubiertas sus pálidas piernas. Blusa blanca y pendientes largos de lágrimas negras. Gafas de sol que cubrían su mirada de ojos penetrantes y castellanos en sus pies. No era peliroja pero llevaba un anillo en cada dedo de su mano. Y en su mente muchas canciones. 

Tal vez hablemos de flores salvajes y de un collar de borlas de colores.

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